Cartón mojado

Una señora da un paso a su derecha. Su cara está tapada con un suéter marrón y amarillo. Su cabello es negro y plomo; sus arrugas amortiguan ese peso. Por el espacio que abre pasan tres perros que se paran unos metros más allá, pegados al mural, para hacer una celebración al gusto por la porquería.

La mujer mira fijamente al asfalto y lanza un soplido al suelo. Frecuentemente comienza a relatar alguna anécdota que la impresionó, como si tratara de recordar una lista de productos que debe comprar en el abasto antes de que se le escape uno. Ella ha tenido una vida pobre y achantada, salpicada de unos cuantos momentos memorables de felicidad consciente.

Más, la mayoría de sus cuentos van por la admiración al otro, colmados de personas y personajes pintorescos que le dieron un giro a su razón y a sus emociones, en algunos momentos que quedan resguardados férreamente por las pocas neuronas rebeldes que no ceden a perder la batalla contra la degradación que azotó a su dama.

La señora es de los Andes. Ha vivido el triple de años en Caracas que los que pasó en su casa natal, pero allá están sus primeras experiencias. Allá se hizo como persona. Acá se mantiene viva con lo que ha sido más duro de roer para su enfermedad: la infancia. Ahorita me mira fijamente y pone una cara amarga, pero no está molesta conmigo.

Sigue caminado y le grita dos regaños a los perros; luego se ríe: “estos bicharracos son hediondos vale. Se mean por todo por ahí”.  Se agacha y agarra una rama delgada, con la que empieza a provocar zumbidos de aire y a golpear a los animales; los perros meten la cola entre las piernas y se van. Con la misma vara la mujer escarba el suelo y saca piedras, tapas de botella y trozos de anime. Pegado a la pared, hay un montón de cartones sucios y con manchas de grasa. “Los perros se mearon ahí, ve. Eso no me sirve más”.

Desde que vive aquí su materia prima para la construcción de pesebres y adornos de navidad la ha conseguido, propiamente, a cinco pasos de su casa. Los vecinos de las viviendas alrededor de la suya han hecho de esa esquina, entre su hogar y el mural, el espacio idóneo para olvidarse de sus desechos. La señora solamente tiene que salir por unas horas de una semana del mes antes de las celebraciones. Hoy es su segundo día de trabajo del año y ya tiene lo que serán dos montañas y el valle que las une, donde las ovejas irán a descansar. Le faltan paredes, techos, y personas. Los animales no son tan importantes y por ahora no le preocupan. El nacimiento bien puede montarse si no están.

“Hoy ya está. Por hoy más nada”. La mujer esparce la basura con los pies y comienza a caminar a la entrada de su casa. Cuando va a abrir la puerta, que había dejado sin pasar la llave, me dice: “A mí no me dejan salir sola”. Veo hacia adentro por la ventana: detrás de la puerta está la mujer que vive con ella. La anciana entra y le reporta: “Nada, vale” y sigue caminando. La mujer que esperaba me sonríe y voltea a mirar a la que entró, que se sienta en una silla de la sala. Me vuelve a ver y dice: “Gracias por acompañarla”. Cuando entro a la casa y paso por su lado, miro hacia el espacio a mi izquierda -un rincón debajo de una escalera- y noto que hay una colección de cajas de cartón aplastadas, suficientes para hacer unos cinco pesebres, cubierta con bolsas de basura y varias capas de polvo. Volteo a ver a la sala cuando la mayor habla: “Eso seguro que mañana hay más”.

Publicado el abril 1, 2011 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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